Conocido por el Rusito, Nicolás Slovacevich Bozenko tuvo una corta y azarosa existencia en la que se mezclaron los sufrimientos, el amor, el desconsuelo y la popularidad sin límites en un terruño que hizo suyo. Supo aprovechar las horas, minutos y segundos que su corto tiempo le asignó, y lo hizo con la intensidad de veinticinco años, cinco meses y veintiocho días en lucha por desechar la zozobra.
Había nacido, de Sidor Nicolás Slovacevich y Nadia Bozenko, el 28 de diciembre de 1923, en la Rusia ya soviética y falleció, electrocutado, el 25 de mayo de 1949, víctima de un fatal accidente cuando trabajaba en las profundidades del Pozo No. 2 de las Minas de Matahambre, en Pinar del Río. No se ha podido precisar el lugar exacto de su nacimiento, pues los documentos hablan de Rusia, sin detalles del origen.

Los padres se trasladaron a los Estados Unidos en busca de mejor vida, pero la América del Norte era acechada por la que sería una de las crisis más traumáticas en la historia de la economía mundial, reconocida como “Crack del 29”. Fue así como decidieron, en 1925, sin pensarlo tanto, aceptar una propuesta de trabajo en Matahambre, por entonces un coto minero con poco más de una década de explotación, arrendado por la compañía norteamericana American Metal Company.
El padre se convirtió en un reconocido electricista, cuyo oficio heredaría el hijo pródigo. Ya instalados en Cuba, poco tiempo duró el matrimonio. Nadia se alejó del pueblo sin dejar rastro y ambos muchachos pasarían a la tutela del padre, con Isolina, una mujer que los acogió como suyos.

Isidro, el hermano mayor, sordo de nacimiento y con serios problemas mentales, tuvo que ser ingresado en el Hospital Psiquiátrico de Mazorra. Poco después sería recogido por la madre y, según versiones, ambos fueron a parar a la Isla de Pinos; de ellos no se supo más. Fue así como Nicolás, en plena adolescencia, quedó sin el cariño maternal y sin el hermano a quien tanto quiso. Entonces decidió refugiarse en un juego que se convertiría en la pasión número 1 de su vida: la pelota.
A la edad de nueve años se le veía jugar con otros niños en los pocos solares baldíos en un pueblo de colinas; lo hacía mejor que los demás. Poco después comenzó a “perderse” e Isolina salía a buscarlo, hasta que supo de aquella vocación infinita por las bolas y los strikes. Hallarlo era fácil, en los tres únicos espacios habilitados por la naturaleza en el pueblo: el estadio, de donde no pocas veces sacaban a los niños y jóvenes, la Represa, un lugar distante, llano, arenoso y el patio trasero de la Escuela “Ignacio Agramonte”, popularmente conocida como “Escuela Grande”, en los horarios de receso. Nicolás dejaba de merendar para aprovechar los pocos minutos. Allí, entre piedras y pequeñas elevaciones, defendía como ninguno la zona del campo corto y la segunda base.
El tiempo libre lo dedicaba a jugar pelota, a leer y por las noches se iba al cine para disfrutar las películas de amor y las del oeste, su otra afición. En ocasiones jugaba partidas de dominó en la Casa de Segundo, un modesto café-bar situado donde hoy está la iglesia.
El encantamiento por la pelota y las facultades naturales para defender el short stop, le abrieron las puertas bien temprano en el equipo MINAS DE MATAHAMBRE, donde llegaría a codearse con el receptor San Juan, lanzadores de la talla de Nenito La Puerca, Paco Mesa y el Gallego Hernández. Él haría combinación con el camarero Roberto Moreno, un sanjuanero importado en el pueblo. Aquel dúo ha pasado a la historia de la comarca como un modelo a seguir. A su diestra defendería el bueno de Ramón Rodríguez, Tato el negro, único de esa raza en el team. Poco a poco sobresalió, como ninguno, el Rusito Nicolás.
No obstante, su celebridad no tendría tanta repercusión si no hubiese sido el primer ruso que jugó pelota organizada en Cuba. Comenzó en el pueblo jugando en torneos escolares y juveniles, hasta que a inicios de la década del cuarenta pasó a engrosar las filas del MINAS DE MATAHAMBRE como torpedero regular. Además del equipo minero, jugó en la ciudad de Pinar del Río para el UNIÓN JUVENIL RAFAEL MORALES. Con ese equipo estuvo desde 1946 hasta 1949, compitiendo en la Liga Nacional Amateur, de la Unión Atlética de Amateurs de Cuba, único club pinareño, junto al ARTEMISA, que se tituló dos veces. En 1949 el conjunto clasificó para la primera división y varios scouts se le acercaron para contratarlo en el Béisbol Organizado norteamericano, pero rechazó jugar como profesional, tenía mucho apego a la familia y a las Minas.
Pero el destino impuso la última jugada en el apogeo de su carrera. Desde hacía algún tiempo, la familia le pedía desistir de trabajar debajo de la mina. Y la Compañía americana parecía decidida a buscarle un oficio menos arriesgado, en la superficie, como solía hacer con los jugadores más destacados. Solo el tiempo y el destino lo evitaron.

El 25 de mayo de 1949, desoyendo los consejos de amigos y familiares que presagiaron el final, se fue al trabajo. En el nivel 32 del Pozo 2, en uno de los pocos momentos de descanso, envuelto en agua y sudor por el insoportable calor, se sentó, puso los brazos detrás de la cabeza y los recostó a la pared donde había un cable vivo de alta tensión. No pudo expresar palabras, allí quedó pegado. Fragmacio Duarte, su amigo pelotero, trató de socorrerlo, tomó un madero y partió el cable, pero el mal estaba hecho. Varios compañeros de trabajo lo cargaron, tomaron la jaula y salieron a buscar auxilio a la superficie. Ya era tarde. Esto provocó la consternación en todo el pueblo.

Sobre su vida y obra se hizo un documental.