Emilio Benavides Puente nació el 6 de octubre de 1901, en Santiago de Cuba y murió a los 94 años. De una familia muy humilde y numerosa. Se cuenta que desde los ocho años tuvo afición por los patines, pero lo que nunca imaginó fue que esos medios lo llevarían a la fama.Le bautizaron el Diablo Rojo por sus coreografías y el color de sus vestiduras. Entre sus hazañas se cuenta la del recorrido desde la capital hasta Santiago en patines, un viaje que duro 7 días y 3 horas y que además no fue el único. A finales de los años 60 luego de jubilarse se le vio vestir de miliciano y cuidar a las niñas y los niños de esta ciudad; regulaba el tránsito para que los pequeños cruzaran sin peligro las calles.
En el parquecito de Trocha y calle 3 se emplazará una escultura de dos metros, el Diablo Rojo volverá a las calles santiagueras. Será un regalo especial para los niños que ya crecieron y no le olvidaron, también para las nuevas generaciones.
Se le recuerda en Trocha y Gasómetro, a solo unos metros de la escuela primaria Armando García, vestido de verde olivo unas veces, de miliciano, otras, regulando el tránsito para que los niños pudieran cruzar la peligrosa vía. Así estuvo los últimos años de su vida, en la mañana, mediodía y la tarde.
Respetado por choferes, niños y adultos, el Diablo Rojo hizo historia en Santiago.

Trabajaron en este proyecto muchos santiagueros, es una estatua a tamaño normal, en bronce, con sus patines, silbato de cartero, botas y el pecho cubierto de medallas. Con el bastón en la mano que utilizaba para regular el tránsito, y la otra en noble gesto de respeto o cortesía. La escultura mide dos metros, pesa alrededor de 300 Kilogramos y fue realizada con la técnica fundición en cobre a la arena, fue realizada por Julio César Carmenaty. Se develó el 3 de agosto de 2016 en el parquecito de la intersección de Trocha y calle 3.

Curiosamente, fue el baile lo que lo introdujo en la propaganda de los patines, además el sobrenombre que lo inmortalizó.
Según el profesor Angel Luis Beltrán, en una reseña sobre Emilio, este para imitar a Black Bill, un conocido boxeador cubano de la época, aprendió a bailar el Charleston, popular baile en Estados Unidos. Corría el año 1927.
Entonces Emilio se hizo asiduo visitante de la compañía teatral bufa de Roberto Gutiérrez (Bolito); y cuando bajaban el telón, en señal de receso, Emilio, en las graderías, electrizaba bailando el Charleston.
Tanto fueron favorecidos sus movimientos bailables, que el dueño se decidió a contratarlo como bailarín excéntrico, acrobático. Se emprendió una gira -más tarde- y en Holguín, después de una función, en 1929, Emilio Benavides fue bautizado como El Diablo Rojo. Lo de Diablo era por sus saltos y maestría bailable; lo de Rojo, por el color de la ropa que vestía.
El Diablo, sobre patines, hizo cinco viajes entre La Habana y Santiago de Cuba: tres para allá y dos para acá. En su expediente se inscriben saltos, en patines, a 3 700 automóviles, aunque, también brincó conjunciones de 12 bicicletas atravesadas una al lado de la otra; y muchachos sobre el pavimento.
Sin embargo, el primer salto de carro fue fortuito. El no recordaba bien en qué año de la década de 1930, fue el acontecimiento, pero lo cierto es que los domingos salían varios patinadores; y ese día, al bajar la elevación de San Félix (hoy Hartman), a partir de Santa Lucía, se le interpuso un carro (entonces eran muy pocos en la ciudad). Dos peligros lo amenazaban: estrellarse contra el auto o matarse contra una casa, si se desviaba. El muchacho no lo pensó dos veces. Se agachó y voló.
Los vítores y aplausos fueron ensordecedores. Todos creían que el salto formaba parte del espectáculo y pedían a gritos que lo repitiera. Atolondrado, el chico desapareció de esos contornos; y posteriormente comenzó a practicar el salto de carros.
Con el paso de los años sufrió un accidente de tránsito, pero volvió a patinar para deleitar a los chicos. El avance de la Medicina cubana hizo posible la recuperación de una de sus piernas.
Se cuenta que estuvo, por más de 20 años, regulando el tránsito en Trocha y su mayor regocijo, hasta su muerte el 22 de febrero de 1995, fue amar la obra de la Revolución, sus seis hijos, 13 nietos y 2 biznietos.

Nuevamente lo tendremos allí, y si hasta hoy los que lo conocimos lo recordamos con respeto, las presentes y futuras generaciones perpetuarán su imagen.