El médico personal de Napoleón Bonaparte se llamó Francesco Antommarchi y nació en Morsiglia, Córcega, Francia, el 6 de julio de 1789. A los 19 años de edad recibe el título de Doctor en Filosofía y Medicina en la Universidad de Florencia, realizó una investigación sobre la catarata ocular y fue nombrado, a los 23 años, Doctor en Cirugía en la misma Universidad Imperial y a los 30 años ya era uno de los mejores cirujanos y anatomistas de su época, publicó dos atlas anatómicos y varios estudios médicos sobre enfermedades tropicales, y otros referidos a los vasos linfáticos y los cadáveres de los ejecutados. Su brillante currículo le abrió las puertas del ejército imperial francés en calidad de médico militar.
En 1915 estuvo con Napoleón Bonaparte cuando fue derrotado en Waterloo. Junto a él se refugió en la isla de Santa Elena. Allí el cardenal Fesh lo nombró médico de cabecera del Emperador, encargo que cumplió desde septiembre de 1819 hasta la muerte del Gran Corso, el 5 de mayo de 1821. Antommarchi fue quien cerró sus ojos e hizo su autopsia.

Mascarilla mortuoria de Napoleón

Tras la muerte de Napoleón, Antommarchi viaja a Inglaterra, Italia y Francia, arrastrando una existencia precaria. Escribe el libro Los últimos momentos de Napoleón y también una investigación médica sobre los cuerpos de los ejecutados. Publica una memoria sobre el cólera en Varsovia. Llega a Cuba el 10 de mayo de 1837. Traía en su equipaje valiosos objetos, entre ellos el molde de la mascarilla mortuoria de Napoleón, cabellos suyos, la mortaja, una muela e, incluso, sus memorias, dicha mascarilla se encuentra en el Museo Napoleónico de La Habana junto a otros objetos. La mayoría de esos bienes museables de ese museo llegaron a Cuba gracias a la fascinación que por él sentía el magnate azucarero cubano Julio Lobo, quien se dedicó a recopilar todo tipo de documento u objeto relacionado con su figura.

 

Antommarchi de La Habana partió a Santiago de Cuba al encuentro de su primo Antonio Benjamín Antommarchi y Chaigneas, dueño de cafetales y radicado en la villa de El Cobre.
En la ciudad oriental, «El médico de Napoleón», como le decían, se ganó el cariño de la gente y realizó la primera operación de catarata. Allí pasó «los momentos más felices de su vida», según solía decir a sus familiares.
Falleció en Santiago de Cuba, después de siete días de horribles padecimientos, a la edad de 49 años en la casa del brigadier Juan Moya, a quien una vez había salvado la vida, el 4 de abril 1838 (se manejan también otras fechas del mismo año), víctima del vómito negro, nombre con el que se conocía entonces a la fiebre amarilla que tanto él había investigado. Fue sepultado en Santiago con honores militares, incluyendo salvas de artillería aunque jamás vio ni de lejos una batalla.
Sus restos se encontraron en 1994 dentro de una caja de plomo de en el panteón de la familia Portuondo, en el cementerio de Santa Ifigenia, e identificados por el médico forense santiaguero Antonio Cobo Abreu. Luego de la investigación y certificación legal de rigor, la osamenta se cubrió de barniz, se introdujo en una caja metálica soldada y se depositó nuevamente en la cripta familiar.