Quien no ha usado la frase: Voló como Matías Pérez, aludiendo a algo o alguien que desaparece sin dejar rastro y no debe contarse con su regreso, he aquí la historia de hoy. Matías Pérez fue un exmarino portugués, radicado en Cuba, sastre y toldero de profesión, de quien se dice fue un hombre progresista, valiente hasta la exageración, osado, y con grandes aspiraciones. Soñaba con surcar el espacio y, además, hacía todo lo posible por convertir ese sueño en realidad. Era especialista en fabricar, reparar y preparar velas para los barcos.
Amante y estudioso de las leyes de la aeronáutica, solía devorar las publicaciones europeas sobre ese tema.
Este portugués, del cual se sabe de dónde vino y cuándo se fue, pero no para dónde, fue asistente de Godard, un aeronauta de la época, a quien acompañó en tres oportunidades en sus ascensiones en calidad de ayudante. Matías era quien se encargaba de preparar las condiciones previas a los vuelos, registrar el tubo conductor del gas, supervisar los instrumentos y lanzar dos globos pilotos para conocer la dirección del viento.
En aquella época, los toldos constituían un sello distintivo en La Habana, pues casi todos los establecimientos los tenían, por lo que el oficio de fabricante de toldos le era bastante remunerativo a este portugués, quien recibía el sobrenombre de “Rey de los toldos”.
Ya en Cuba por el año 1856, compró a Godard su globo “Ville París” (La Villa de París) por el valor de 1250 pesos. El 12 de junio del mismo año, con su nave se dirigió al Campo de Marte o Plaza de Marte, hoy Parque de la Fraternidad, que en aquella época era utilizada para ejercicios militares. Desde todos los puntos de La Habana acudían los citadinos al lugar para presenciar la anunciada ascensión del nuevo aeronauta.
La Plaza de Marte estaba repleta de público y una orquesta amenizaba el acto. En cuanto Ville Paris comenzó a ganar altura, miles de pañuelos se agitaron al clamor de igual números de voces.

Pero ya en lo alto, el globo comenzó a descender con cierta rapidez, lo que hizo pensar a los espectadores que la tela se había roto. En realidad se había trabado la cuerda que habría la válvula del globo, y Matías Pérez tuvo que subir por las sogas que sujetaban la barquilla. Abrió la boca del globo y la mantuvo así con sus brazos para que penetrara el aire y aminorara la rapidez del descenso. La nave fue a parar a la quinta de Palatino, cerca del Río Almendares.
Este, que fue su primer vuelo, constituyó un rotundo éxito a pesar de los percances sufridos.
En otras dos ocasiones se presentó de nuevo el público en la Plaza de Marte, pero debido a inclemencias del tiempo hubo que suspender los vuelos.
Finalmente, el domingo 29 de junio de 1856 volvió el intrépido navegante de las alturas a la Plaza de Marte con su globo. A los pocos minutos la multitud contempló consternada la fuerte ráfaga de viento que lo arrastró hacia las alturas y lo llevó sobre el mar, Lo vieron alejarse hasta que se convirtió en un diminuto punto entre las nubes que desapareció sin dejar huella alguna, y permanecer en el tiempo y en el recuerdo de todos los cubanos.
Los últimos en verlo fueron unos pescadores que realizaban su faena por el torreón de la Chorrera. Estaban cerca de la costa y lo conminaron a bajar, pero el aeronauta les respondió dejando caer sacos de arena e internándose sobre la mar.
No logró sentar precedentes en la aeronáutica, pero sí una frase para las generaciones futuras que se suele decir de algo que se pierde para nunca más volver: “Voló como Matías Pérez”.
Aunque se llevó a cabo una meticulosa investigación en Pinar del Río, La Habana y Matanzas, Matías Pérez nunca apareció. Todas las diligencias resultaron fallidas. Algunos años después, en unos cayos próximos, se encontraron accidentalmente los restos de un globo aerostático, pero jamás llegó a saberse si se trataba de “La Villa de París”.