Desde el siglo XIX, la península de Corea era bocado codiciado y mordido por varios imperios ambiciosos. La vida era un infierno, azotada por guerras, y entre sus secuelas, el hambre. Sin contrato, embarcados en condiciones miserables, el 5 de abril de 1905 arribaron 1 030 coreanos al puerto mexicano de Salinas Cruz. De allí fueron transportados en casillas ferrocarrileras de mercancías hasta la ciudad de Mérida, Yucatán, centro de distribución hacia las haciendas henequeneras.
El 25 de Marzo de 1921 llegan a puerto de manatí municipio de Las Tunas 300 inmigrantes coreanos a bordo del vapor mexicano Tamaulipas. El alza del precio del azúcar en el mercado mundial había propiciado años de prosperidad y vacas gordas en Cuba, por lo que se les aseguraba un destino promisorio. Pero la fatalidad los persiguió desde que tomaron el vapor en el puerto de Campeche. Cuando llegaron a Cuba, en 1921, el precio del azúcar había disminuido considerablemente, de veintidós punto cinco (pagados unos meses antes) a solo tres centavos. Las Vacas Gordas se habían convertido en Vacas Flacas.
Una vez desembarcados, los recién llegados se desplazaron un poco al sur y se instalaron en torno al batey del ingenio Manatí. Allí comenzaron a buscarse la vida en dependencias fabriles y agrícolas. Pero, a pesar de su aparente «dulzura», la caña de azúcar no consiguió seducirlos y menos retenerlos en la zona. La caña de azúcar con sus rigores era una faena para ellos desconocida y comparativamente más fuerte y agotadora que la de Henequén, a la cual se habían adiestrado en Yucatán. Ante la difícil situación económica los coreanos inician la emigración del oriente hasta occidente de la Isla.
Así, después de unos 12 meses de peregrinaje oriental, casi todos decidieron establecerse más al oeste, en dirección a la yumurina comarca de Cárdenas. Sabían por referencias que por allá los aguardaba un cuate ya conocido por ellos: el henequén, menos inclemente que la estilizada gramínea tropical.
En la ciudad de Cárdenas es donde se encuentra el mayor grupo de descendientes de coreanos. En total radican en 21 puntos del territorio, comprendidos en ocho provincias incluyendo La Habana. De 393 personas registradas en 1953, se han elevado en la actualidad a 640. Pero ya no queda ningún inmigrante nacido en Corea; sí algunos, muy ancianos, de origen mexicano. Los demás son todos cubanos.
Durante años, la llegada a Cuba de aquel grupo de coreanos permaneció en el más absoluto anonimato. No fue hasta el 23 de julio de 1950 —casi un mes después de iniciada la guerra de Corea—, cuando la revista Bohemia publicó un reportaje sobre el tema, firmado por Mario García del Cueto. El destacado periodista daba así a conocer aquel hecho casi ignorado. Si no fuera porque el actual conflicto bélico ha popularizado tanto la existencia geográfica de Corea, para la inmensa mayoría de los cubanos hubiera pasado inadvertida la presencia de sus hijos en nuestra Isla.

En el puerto de Manatí, por donde entraron, existe todavía un barrio que se llama Corea. Y en la playa hay un obelisco, cuya tarja dice: Por este puerto de Manatí llegaron a Cuba 300 inmigrantes coreanos procedentes de México, el 25 de marzo de 1921, en el vapor Tamaulipas. Sus descendientes, integrados a la sociedad cubana, viven hoy en distintas provincias del país con el recuerdo imperecedero de sus raíces ancestrales.

Martha Lim Kim, una matancera ha dedicado años a estudiar los entretelones del insólito desembarco en el litoral tunero. Su padre fue uno de los que echaron pie a tierra en Las Tunas aquel atardecer. Por él se enteró la investigadora de que el contingente asiático emigró a México un año después de que las tropas japonesas ocuparan la península de Corea. Ella realizó una investigación del tema y escribió un libro.