Un gran arrebato produjo la actuación en La Habana del gran tenor italiano Enrico Caruso, mas no fue solo de entusiasmo.
Corría 1920 cuando se presentó en el escenario del Teatro Nacional, hoy Gran Teatro de la Habana, una temporada de ópera con la presencia de Caruso, el cantante más popular de los primeros años del siglo XX, que poseía una voz muy potente y de gran belleza. Realizó 10 presentaciones.
La temporada se fue desarrollando felizmente. Caruso escogió la ópera Aída del compositor Giuseppe Verdi para finalizar su actuación, como despedida de los habaneros, la misma que se ponía en el programa de la Televisión Cubana De la Gran Escena en su tema de cierre.
El escenario estaba listo. La sala estaba abarrotada. Enrico terminaba de cantar la segunda escena del primer acto, cuando estalló una bomba o un petardo que estremeció el teatro.
El público se alteró naturalmente, pero permaneció en sus butacas. Sin embargo, detrás del escenario cundió el pánico. Algunos músicos corrieron hacia la calle, otros se fueron con la música a otra parte, todos vestidos con trajes egipcios….pero… ¿y el gran Caruso dónde está? Pues Caruso, vestido de Radamés, el egipcio, corría velozmente a lo largo de todo el Paseo del Prado, ante la mirada sorprendida de los transeúntes, que no atinaban a comprender porque aquella persona vestida tan estrafalariamente, corría como loco sin ser perseguido por nadie.

Así llegó hasta el Hotel Sevilla donde se encontraba alojado. Su carrera por el prado habanero -podemos afirmar- no fue precisamente una “marcha triunfal” a lo Aída.