Entre las numerosas páginas de gloria, abnegación y heroísmo protagonizadas por la mujer cubana en las guerras independentistas, resultan poco conocidas las que desarrollaron en varios territorios de la Isla como valientes agentes secretos a favor del Ejército Libertador.

La exitosa campaña militar del Lugarteniente General Antonio Maceo en Pinar del Río tuvo en la pinareña Carmen Magdalena Peñarredonda, eficaz colaboradora encubierta y principal informante del movimiento y ubicación de las fuerzas españolas. Llellena o Doley (seudónimos de Peñarredonda) realizó innumerables tareas militares secretas y cruzaba con frecuencia la trocha construida por los colonialistas de Mariel a Majana, para llevar a Maceo valiosos mensajes con datos e identificaciones. Tras la muerte en combate del Titán de Bronce, los destinatarios fueron otros jefes militares del Sexto Cuerpo mambí.

Se vinculó en su trabajo como agente con Monseñor Guillermo González Arocha que oficiaba en la diócesis del poblado de Artemisa, Pinar del Río, desde el año 1893.

“Estimo cada día más valiosa la cooperación de Ud. a nuestra causa común. Si hubieran abundado patriotas de las condiciones de Ud. de seguro que ya sería nuestra Cuba independiente”, le escribió el Mayor General José “Mayía” Rodríguez, jefe entonces del Departamento Occidental del Ejército Libertador.

A mediados de 1897 fue denunciada por sus labores revolucionarias y guardó prisión en la Casa de las Recogidas, siendo defensora de las mujeres presas. Allí estuvo Magdalena hasta después de terminada la Guerra de 1895, terrible lugar que abandonó ya establecida en Cuba la primera intervención militar norteamericana en 1899. Cuando termina la guerra le otorgan el Grado de Comandante del Ejército Libertador.

Murió en el municipio habanero de Artemisa, el 6 de septiembre de 1937.

En la historia independentista de Las Tunas brillaron tres mujeres: Mercedes Varona, Iria Mayo Martinell y María Machado.

Mercedes Varona, con solo 18 años de edad, contribuyó con datos sobre la ubicación de las fuerzas colonialistas a que su primo, el Mayor General Vicente García, efectuara el primer ataque a dicha ciudad oriental, en agosto de 1869. La vigilancia enemiga acosa a Mercedes por la creciente sospecha de su quehacer conspirativo al punto que sus padres tramitan el reglamentario salvoconducto a fin de abandonar el lugar y refugiarse en Manzanillo. Coincidentemente, una columna española dirigida por el teniente coronel March, también se encaminaría hacia esa ciudad y, creyendo que la relación de esta familia con los insurrectos impediría que las tropas mambisas los atacaran, les concedieron el permiso con la condición de realizar el viaje junto a estos militares.

A pocos días, ella a caballo y sus padres en una carreta, comienzan la travesía; pero ocurre un tiroteo en las cercanía de Las Arenas.

Descubierta cuando a caballo trataba de unirse a las tropas libertadoras, una bala en la cabeza terminó con su vida ante la atónita mirada de sus padres que presencian el absurdo crímen. Era el 1 de enero de 1870.

Iria Mayo Martinell, esposa del francés Charles Philibert Peissot (Charles Filiberto Peiso), quien fue el agente “Aristipo de la inteligencia mambisa al servicio del Mayor General Vicente García. La historia de ella es como una elegía al patriotismo. El 20 de septiembre de 1876 se le confió la misión de burlar las líneas de defensa enemigas en estado de gestación para entregarle a Vicente García el plano de las fortificaciones de la ciudad cuidadosamente trazado por su esposo Charles Peiso. Gracias al referido croquis, el León de Santa Rita tomó la villa tres días más tarde, expulsó de ella a los españoles y la redujo luego a cenizas.

El 11 de junio de 1877, fue asaltada por una guerrilla enemiga, la ranchería que ocupaban los cubanos en Ojo de Agua, en el municipio de Jobabo, siendo hecha prisionera.  Iria fue delatada y llevada a prisión, acusada de ser la esposa y cómplice, a la vez, de un insurrecto. En la cárcel trajo al mundo a su primer y único hijo. El enemigo se ensañó con la joven madre. Luego del parto, fue dictada la orden de su traslado hacia la cárcel de Bayamo, de ahí que la obligaran a integrar la cordillera de presas que recorrería a pie una gran distancia hasta la prisión. Presintiendo el fatal desenlace de su traslado, la muchacha encomendó su recién nacido a otra encarcelada, una ex-esclava, a quien le pidió que, al término de la guerra, contactara con familiares y se la entregara. Durante la penosa travesía las fuerzas de Iria se agotaron debido al hambre, las hemorragias y el dolor por la separación del hijo. Como no pudo continuar la caminata, los soldados colonialistas la asesinaron a machetazos.

 

A la tercera heroína, María Machado, tocó también en agosto, pero de 1897, poner en manos del Lugarteniente General Calixto García, vital y estratégica información militar acerca de las huestes hispanas, indispensable para un nuevo asalto a la urbe tunera.

Como hija del general del ejército de España Emilio March, María portaba un salvoconducto dado por su padre que le facilitaba arriesgadas misiones como agente mambí. Aprovechó tamañas facilidades para recopilar la mayor cantidad de información posible acerca del enemigo (número de soldados de la guarnición, cantidad de cañones, emplazamiento de las fortificaciones y otros pormenores igualmente valiosos).

De ella la historiografía cubana tampoco recoge elementos complementarios. Solamente que tuvo cinco hijos: Orfilio, Caridad, Ángel, Sergio y Modesta. Se supone que sobrevivió a la instauración oficial de la República, ocurrida el 20 de mayo de 1902, y que recibió alguna pensión monetaria como colaboradora activa del Ejército Libertador y partícipe de la toma de Victoria de Las Tunas.

Dolores   Rodríguez   Mena era viuda   del   oficial   español Canalejas, aprovechaba esta condición y las conversaciones que se generaban entre altos oficiales españoles y otras personalidades que frecuentaban sus tertulias para obtener datos que luego trasladaba al general Calixto García, del cual era agente con el seudónimo de “La Novia”, con ella cooperaban su hermana Rosalía, Cecilia Santacilia y Rita Mesa. Fueron descubiertas y motivaron que el 10 de mayo de 1880 registraran sus viviendas en las que encontraron “correspondencia comprometedora” razones por las que fueron detenidas y recluidas en la Casa de Beneficencia.

Por su parte, la espirituana Trinidad Lagomasino concluyó la guerra de 1895 con los grados de capitana que le entregó personalmente Máximo Gómez, por su riesgoso trabajo de trasladar correspondencia del extranjero hacia su Patria y viceversa.

Lo anterior es solo una muestra sobre tan apasionante tema. Como final, damos los nombres de otras de aquellas valerosas mujeres que, junto a las que con las armas en la mano integraron las filas de las fuerzas independentistas, labraron la libertad de la patria: Rosario e Isabel Bolaños, Clementina Arango, Rosario Morales, María Escobar, Edelmira Guerra, Rita Suárez del Villar y Rosario Sigarroa.