El lector de tabaquería es un oficio surgido en el siglo XIX, alrededor de 1865. Esta figura con dotes de orador es un empleado de las tabaquerías que se dedica a leerles a las operarias y operarios mientras tuercen las hojas del tabaco, leía noticias, novelas, leyendas, poesías, cuentos, periódicos, etc. Se proyectó como medio para elevar el nivel cultural de los tabaqueros. Ese oficio no lo podía hacer cualquiera, tenía sus requisitos, buena dicción, voz adecuada, entonación a la hora de leer según lo que fuera que estuviera leyendo.

Según el Pastor Metodista Manuel Deulofeu Lleonart, donde primero hubo un lector de tabaquería fue en la villa de Bejucal en 1864, en el taller de Viñas, llamado Antonio Leal nacido en San Antonio de los Baños. En La Habana la lectura se introdujo en las tabaquerías en 1865, a impulso de Nicolás Azcárate, abogado, político y periodista y  Saturnino Martínez, líder obrero asturiano y torcedor. Fue la fábrica El Fígaro, propiedad de Julio Rivas y luego de don Manuel Gómez y Serna, situada en la esquina de Sitios y Ángeles, en La Habana, la primera que permitió la lectura en sus talleres el 21 de diciembre de 1865, donde laboraban más de 300 torcedores. Al año siguiente, el 9 de enero de 1866, lo hizo Jaime Partagás en su taller, uno de los más grandes e importantes de La Habana. Luego serían muchas más.

Pero es indudable que desde muchos años antes la había recomendado el viajero español Salas y Quiroga, al escribir sus observaciones sobre los cafetales de Cuba, en cuyas escogidas pidió que se introdujera pero donde nunca se estableció.

Nicolás Azcárate

La lectura de tabaquería ha tenido momentos de suspensión en Cuba, la primera prohibición tuvo efecto el 14 de mayo de 1866, en un bando de Orden Público dictado por el entonces Jefe de Policía de La Habana Cipriano de Mazo, medida que duró hasta 1878. Rafael María Márquez, lector de tabaquería fue asesinado por los voluntarios en 1869 por su labor independentista, cuatro años después de iniciarse en el oficio.  La segunda, durante la guerra del 95, por el carácter subversivo que representaba para los colonialistas españoles. El gobernador José Porrúa, basándose en la anterior orden, dictó una circular el 8 de junio de 1896, quedando de nuevo abolida la lectura en los talleres. No ocurrió esto en las tabaquerías de Estados Unidos, por lo que allí se difundieron las ideas independentistas entre los emigrados cubanos que laboraban en ellas, de ahí el gran apoyo que recibió la causa cubana en la guerra de independencia. Por eso, cuando Martí llegó a Tampa y a Cayo Hueso lo primero que encontró fue una gran cantidad de emigrantes tabacaleros listos para apoyar la guerra. Un ejemplo lo tenemos en José Dolores Poyo y Estenóz, lector de la fábrica de Vicente Martínez Ibor que fundó la Asociación Patriótica de Cayo Hueso, siendo su presidente.

José Dolores Poyo y Estenóz

La aparición del lector en las fábricas de tabaco fue muy apreciada por los trabajadores, y llegó a ser considerada algo así como un derecho social y cultural. Este oficio fue remunerado hasta 1960 por los propios tabaqueros. La importancia del papel jugado por el lector se puede apreciar por el largo período de tiempo que duró, aunque apareció luego un competidor para ocupar su lugar: la radio.

La lectura de tabaquería, convertida en una tradición, ha sido declarada Patrimonio Cultural Intangible de la Nación.