La ventajosa posición geográfica del archipiélago cubano, y en particular la de la ciudad de La Habana, propició que, a partir de la Conquista, el puerto de la Capital fuera uno de los más concurridos de América. Relacionado con uno de aquellos navíos que visitaban La Habana se vincula el hecho histórico que contaremos a continuación.

El 30 de junio de 1741, se hallaba fondeado muy cerca del muelle de San Francisco, cerca del muelle de la Machina, el “Navío de Su Majestad Invencible”, entonces poderosa nave de guerra, capitana de la escuadra del teniente general Don Rodrigo de Torres. Fue construido en La Habana por Don Juan de Acosta y terminado y entregado a la Real Armada en el otoño de 1740. Contaba con 70 cañones.

Aquella tarde de verano el cielo se cubrió de densas y oscuras nubes, el aire se saturó de un fuerte olor a humedad y se incrementó la velocidad del viento.  Una tormenta eléctrica procedente del sur —fenómeno muy frecuente en nuestras latitudes tropicales—, comenzó a descargar su colosal energía sobre la Villa de San Cristóbal de La Habana y su cerrada bahía.  La lluvia torrencial golpeaba implacable techos, puertas y ventanas.  Los relámpagos y los truenos se sucedían prácticamente sin intervalo alguno, estremeciendo la ciudad hasta sus más sólidos cimientos.  Como es habitual en estas tempestades el viento soplaba con velocidad creciente, y arbolaba la superficie del mar hasta en el interior de la bahía…

Inesperadamente, a las tres de la tarde, saltó un rayo y cayó sobre uno de los palos del “Invencible” por encima de la cofa y, luego, alcanzó toda la plataforma de observación y también los aparejos del cuello del mástil que servían para facilitar la maniobra de las velas en el buque. Esto provocó un repentino y violento incendio a bordo.  Al no poder ser apagado el fuego por la rapidez y violencia con la que se extendió las llamas se propagaron con rapidez por el maderamen de la embarcación hacia la santabárbara, depósito de pólvora y municiones de la nave, que saltó en pedazos bajo el efecto de una tremenda explosión al encontrarse a bordo cuatrocientos quintales de pólvora. Esta causó 16 muertos y 21 heridos en la dotación, los demás se salvaron por el rescate de lanchas y botes que se encontraban en la bahía. La onda expansiva provocada por el estallido dañó a varios de los buques cercanos al Invencible, e hizo zozobrar a otras embarcaciones de pequeño tamaño. El Príncipe ardió en parte, el Santa Ana y la Reina sufrieron importantes daños, en este último hubo dos muertos. Fragmentos de la arboladura, los aparejos y la obra muerta del navío cayeron sobre los alrededores de la ciudad.  El propio Rodrigo de Torres salvó milagrosamente la vida ya que se encontraba en la proa de la nave en el momento de la explosión. Los vecinos de La Habana, aterrorizados, se lanzaron a las calles, algunos resultaron muertos y heridos. Varias casas enclavadas la Calle de los Oficios, Lamparilla, Amargura y Baratillo sufrieron severos daños, cuya reparación total demoró varios años.  Los techos de teja del Castillo de la Real Fuerza y las paredes de la Iglesia Parroquial fueron seriamente afectados.

El insólito suceso quedó plasmado con caracteres indelebles en la memoria de los habaneros durante mucho tiempo, y su detallada relación aparece contenida en un informe que, dirigido al Rey, fue redactado ese mismo día por el gobernador Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, dando cuenta del suceso y los numerosos estragos causados por el desastre.

 Tal vez la frase popular, “lo partió un rayo”, que usamos con frecuencia, tenga que ver con este hecho histórico.