Consuelo Portela Audet, conocida artísticamente como La Chelito fue una popular cantante cubana de cuplé de principios del siglo XX.

Nace en Placetas el 12 de febrero de 1885, hija de un matrimonio español cuyo padre cumplía funciones militares en la colonia (capitán de la guardia civil). Tras el nacimiento de Consuelo toda la familia regresó a la península sin dejar más huella en la historia de Placetas. Debutó a los catorce años y era tal su inocencia que no comprendía la doble intención de la letra de los cuplés que cantaba. Algunas veces solía decir: “No comprendo por qué el público se ríe tanto con esas letras que no tienen nada de particular”. Cuando ya supo toda la picardía que contenían, las siguió cantando como si no lo supiera. Por eso su arte era eternamente candoroso.

 

Comenzó su carrera en 1906, en el París Salón de Madrid que era de baja categoría y luego en Barcelona. En 1907 viaja a Estados Unidos donde actúa tres años en los teatros y music-halls de Nueva York.

Luego volvió a Cuba en 1910 y estremeció, esa vez, a la sociedad habanera. Consuelo Portela se había convertido en la bella Chelito, una de las cupletistas más famosas y aclamadas de España.

En La Habana abarrotó como nunca los teatros Payret, Alhambra y Molino Rojo. Había aglomeraciones en la entrada, antes de su presentación. Los hombres la esperaban a la salida, la seguían por las calles de la ciudad, le hacían regalos y hasta le proponían matrimonio. La Chelito defendía tan bien su espectáculo de cuplés picarescos que otras empresas desvinculadas de la cultura comenzaron a aprovechar la imagen de la artista para vender sus propios productos. Así, hubo cigarros y fósforos con su imagen en las cajitas. También, Corbatas Chelito y hasta un caballo de carreras, que ganaba casi siempre, llevó tal nombre.

Popularizó los cuplés “De Dios y del Diablo”, “Un paseo en auto”, “La rumba”, “Noche de novios”, “El bolsillo y el manguito”, “Vino tinto con sifón” y “Venga alegría”.

Ganó enorme popularidad con canciones cuya letra apenas ocultaban el doble sentido, como Pantorrillas, La noche de novios y La pulga.

Cuentan que en el número La pulga, la cantante iba levantándose el vestido para encontrar y deshacerse del imaginario insecto. Al ritmo cadencioso de la música, con una pose entre provocativa e ingenua, la Bella Chelito descubría zonas «prohibidas» de su cuerpo: Hay una pulga maligna / que a mí me está molestando, / porque me pica y se esconde, / y no le puedo echar mano […]

Así, era lógico que el Diario de la Marina, tan conservador y puritano, atacara a la artista. Llegaron a compararla con un Satanás libidinoso. Por otro lado, un sector entusiasta de la opinión pública exaltaba constantemente su gracia escénica y le conminaba a continuar presentándose. Durante los 6 meses que estuvo en Cuba, Chelito viajó al centro para cumplir con algunos contratos. Se presentó en el teatro La Caridad y en Camajuaní. Quizás llevó también su espectáculo a Sagua la Grande y a Placetas, la tierra natal que siempre quiso conocer. Los relatos de la prensa no dejan duda sobre las presentaciones de la cupletista. Fue aplaudida, y hasta amada, en todas partes donde la conocieron.

A su regreso a España, en 1911, entusiastas y admiradores de la Chelito, luego de hacerlos gemir en el Trianón Palace de Madrid, la colocaron sobre sus hombros, paseándola triunfalmente hasta el Ideal Room.

El teatro Muñoz Seca o teatro Pedro Muñoz Seca es un antiguo salón teatral, situado en el número 1 de la de la Plaza del Carmen,​ en el centro de Madrid. Ha ostentado sucesivamente los siguientes nombres: Salón Chantecler de 1911 a 1922, Teatro Eldorado de 1922 a 1930 y Teatro Muñoz Seca en 1930, su primera propietaria fue Chelito.

El Salón Chantecler, que no era sino una barraca provisional, se inauguró “a cielo abierto”. En el año 1911 debido a un incendio el teatro se destruyó. No se desanimó la artista que había levantado el teatro con sus ahorros, y lo reconstruyó e inauguró en 1914. Será en lo sucesivo el centro de sus actuaciones, pues, aunque sigue aceptando contratos en otros lugares, cuando no le conviene otra cosa, siempre cuenta con el suyo propio.

En 1917, un periódico valenciano informaba del cierre del teatro Princesa, de mayo a septiembre, y el pago de una multa de 500 pesetas impuesta por la autoridad a la Preciosilla (Manuela Tejedor) y otra a la Chelito (Consuelo Portela) ante las “excesivas procacidades exhibidas” en su actuación.

En el verano de 1918, la artista, anuncia que muy pronto abandonará los escenarios para dedicarse completamente a su teatro. Realizó grandes reformas para iniciar la nueva temporada, amplió el escenario, cambió la decoración y contrató una notable orquesta. Aún así, cuatro años más tarde, volvió la empresaria a cantar.

En 1924 logra el mayor éxito de su carrera con la canción La chula tanguista, estrenado en el teatro Maravillas.

Su única intervención en cine fue en 1927, en la película El Conde Maravillas, un drama de José Buchs. Un año más tarde se retiró de la vida artística para dedicarse a los negocios empresariales, dueña del Teatro Muñoz Seca de Madrid (ubicado en la Plaza del Carmen), también fue dueña de algunos edificios. Fue la primera mujer empresaria teatral española. Luego el teatro fue evolucionando y pasó a ser propiedad de los hijos de la cupletista.

Dos años antes de su muerte, en 1957, un periodista de Bohemia la entrevistó en su casa madrileña. Esa vez, la mujer que había sacudido a la sociedad habanera a principios de siglo, confesó que por mucho tiempo el rey Alfonso XIII la amó con locura. Ella, en cambio, había amado más a un cubano pobre llamado Dagoberto Campos, él hizo despertar la pasión en la artista, mas la desgracia se cebó en los amantes: Dagoberto murió en un accidente recién comenzado el idilio que ella siempre evocó con mucho sentimiento.

Contó ella misma que una noche cuando iba a hacer su entrada al fondo del escenario, por la calle Zulueta, observó que un Sacerdote venía hacia ella con pasos rápidos y, como le extrañó tanto ver un cura por los alrededores del teatro, dada la mala fama que le había creado el Diario de La Marina, se le adelantó, abordándolo:

 — ¿Qué desea usted, padre? —le preguntó la joven.

 — Quiero darte un beso —respondió el eclesiástico.

Entonces La Chelito, ni corta ni perezosa, le increpó, censurándolo por su conducta. Pero él le explicó enseguida:

 — No os confundáis, hija mía. Solo quiero darte un beso, pero en la frente, como mi hija espiritual que eres. Soy el cura que te bautizó en Placetas.

Luego tuvieron una amigable y respetuosa conversación.

«Cuba es la mitad de mi corazón», dijo también aquel día. Se despidió del periodista y solo pidió: «Dígales usted a los cubanos que no me olviden, que no me olviden».

Vivió en el número 48 de la calle Huertas, de Madrid y encima del cine Muñoz Seca, en la plaza del Carmen.

Fallece el 20 de noviembre de 1959, a los setenta y tres años. En 1962, Sara Montiel encarnaría a la cupletista en la película «La reina del Chantecler».