De la huella japonesa en Cuba queda la obra de Kenji Takeuchi, quien llegó en tránsito a La Habana y en la Isla permaneció para siempre, hasta su fallecimiento. A Takeuchi se le considera uno de los inmigrantes llegados de esa nación con una mayor preparación profesional. Nacido en Hiroshima en 1901 y miembro de una familia de la nobleza, ya había realizado estudios en la Escuela Superior de Jardinería de Osaka.

Takeuchi, de 30 años, arribó al puerto de La Habana el 14 de enero de 1931. Se trataba de una breve escala con destino a Estados Unidos, para cursar estudios superiores de Botánica en la Universidad Cornell, de Nueva York. En un principio decidió quedarse por algún tiempo, para conocer mejor la flora de esta región, que sin dudas lo deslumbró por su colorido y variedad. Era un amante de la naturaleza y un floricultor avezado, pero con mucho aún por hacer, abierto a la experimentación con las especies.

Ya avecindado, se le contrató para establecer el orquideario de Soroa, en la provincia de Pinar del Río, fundado por el abogado español Tomás Felipe Camacho, del cual se le considera fundador en el aspecto técnico especializado, donde cultivó más de 700 especies de flores. Se trató de un trabajo muy profesional, de cuidado diario, de paciencia y tenacidad, amén de observación y sabiduría para la detección de las transformaciones que se van experimentando paulatinamente en las especies.

Célebres se hicieron algunas de las especies logradas, entre ellas una variedad de la margarita mariposa, Hasegawa pink, que nombró así en honor de la novia dejada en Japón, aunque la “obra maestra” correspondió a un híbrido de lirio nipo-cubano que germinó en 1953 y al cual nombró José Martí, en el centenario del natalicio del Apóstol.

Kenji Takeuchi murió en Cuba, el 30 de agosto de 1977. Fue un sabio que hizo grandes aportes a la horticultura cubana. Gracias a sus estudios y experimentos, el paraje de Soroa se convirtió en uno de los más hermosos del país.